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La acidificación de los mares es un proceso que viene ocurriendo desde los inicios de la Revolución Industrial y está asociado al incremento en las emisiones de CO2 en la atmósfera. Se sabía que los mares absorbían parte de ese CO2 dañino, y se veía como un servicio que le hacían al planeta, pero no se advertía que esto estaba causando una paulatina acidificación de las aguas.
La realidad es que el pH de los mares ha bajado y se calcula que hoy son un 40% menos básicos que hace un par de siglos. Esto está ocasionando que, por ejemplo, las ostras tengan problemas para formar su concha o que los arrecifes coralinos corran el peligro de desaparecer antes del año 2050.
Cuestiones como estas son abordadas en el documental Un mar cambiante, una voz de alarma sobre este problema al que hasta ahora no se ha prestado suficiente atención, pues se ha visto eclipsado por otras cuestiones medioambientales como el calentamiento global o la contaminación.
El español Daniel de la Calle, quien hizo parte de la producción de este premiado documental dirigido por Barbara Ettinger, y que se presentará el 23 de junio a las 6:30 p.m. en el Parque Explora, habló con la Agenda del Mar.
¿Cómo conectan emocionalmente al espectador del documental con el fenómeno de la acidificación de los mares, del que poco se ha oído hablar hasta ahora?
“La historia es vivida y narrada por Sven Huseby, un antiguo profesor jubilado de origen noruego que toma conocimiento de este terrible problema por un artículo aparecido en la revista The Newyorker en el año 2005. Sven se pregunta qué clase de mundo es el que está dejando a su nieto Elias, en qué consiste exactamente la acidificación de los mares, dónde se investiga el problema, qué soluciones se están encontrando, y parte en un viaje de redescubrimiento de los lugares y paisajes de su infancia en Noruega, Seattle y Alaska para hallar las respuestas. Los espectadores del documental acompañan a Sven en este viaje de preocupaciones y alguna esperanza, si se actúa rápido y de manera decidida. El documental es tanto una investigación sobre la acidificación de los mares como una pregunta abierta acerca del legado que estamos dejando a generaciones futuras y de búsqueda del pasado”.
¿Qué fue lo más emocionante de su trabajo en este documental?
“Como fotógrafo de producción y encargado de la distribución internacional y participación en festivales, hemos tenido la posibilidad de viajar a lugares muy hermosos y de difícil acceso, de entrevistarnos con gente muy diversa, científicos muy preparados y profesionales que cubren un amplio espectro. A pesar de que la acidificación de los mares es un problema de tremenda gravedad y premura, el poder estar en dichos lugares y conocer a estas personas ha sido una verdadera suerte. El documental nos ha servido a todos los del equipo para ser más conscientes de las pequeñas decisiones que tomamos en el día a día, de nuestro peso sobre el planeta en función del consumo de energía que requerimos, de las cosas que compramos”.
En la realización del documental intentaron reducir al mínimo las emisiones de dióxido de carbono y de desechos innecesarios. ¿De qué manera lo lograron?
“Como es lógico, la huella en el planeta de una grabación de 84 minutos está allí, pero en la medida de lo posible hemos intentado que fuese baja. ¿Cómo? Limitando el número de viajes y de personas envueltas en el proyecto, con todas las pequeñas decisiones de cada día en una jornada de trabajo. Allí donde era posible nos hemos movido en vehículos con motores híbridos, alquilado dos coches en vez de cuatro, ese tipo de cosas. Pero todo lo que hacemos tiene un impacto sobre el planeta, no se puede decir que hayamos logrado hacer un documental sin impacto ambiental porque eso hoy en día es absolutamente imposible. Lo que todos tenemos que hacer es en primer lugar tomar consciencia de que todo lo que se hace tiene huella, y luego, en la medida de lo posible, hacer que esa huella sea lo más pequeña posible”. |